Volviendo del trabajo, pasé por la vidriera de una bombonería. Siempre paso por ahí, pero nunca prestando la suficiente atención, sin embargo, hoy algo me hizo detener.
Había unas trufas hermosas, que gritaban mi nombre, me llamaban diciendo vení, compranos, deleitate.
Entré, no lo pensé. Me autoconvencí, me mentí, pensando, no voy a comer una caja entera de trufas en un día.
¡Que ilusa! Un vez que probé una, no pude parar, degustando cada una de ellas, totalmente consciente de que pasaría mucho tiempo hasta que pudiera volver a darme este gusto.
Seis horas, duraron, tan vistosas ellas, con sus colores brillantes y su sabor explosivo, y, de repente, me encontré pensando ¿cuántas personas, en momentos de ansiedad, habrán tragado cosas deliciosas sin disfrutarlas, siquiera? Y le agradecí a mi yo del pasado por haberse tomado el atrevimiento de comprarlas y el trabajo de saborearlas.











