Caminar hasta que no me den los pies.
Pedalear hasta que no me den las piernas.
Sobrepensar hasta que no me de el cerebro.
Y me voy quedando sin lágrimas, el cuerpo destruido, la mente vacía, despojándome de la poca felicidad que tenía, hasta quedar convertida en un ente, un cascarón hueco cuyo único propósito es ser una máquina programada para trabajar, pagar las cuentas, dormir y seguir trabajando.

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