Pensé que había pasado más tiempo, pero no. Fue en enero, una de esas noches de vacaciones cuando dos personas aburridas empezaron una charla trivial a kilómetros de distancia. Mi personalidad sobria atiende de 9 a 18, mencionaste, y esa pavada me cayó bien. Seguimos hablando, las vacaciones fueron reemplazadas por la vida real y el tiempo nos consumió.
Tenían que pasar diez meses para que el aburrimiento nos encontrara nuevamente, una mañana de octubre que la noche de ambos estuviera libre y la charla virtual pasara al plano real. Llegaste y dijiste "hola", repetirías muchas veces la palabra esa misma noche pero, no se por qué, esa primera, me conquistó.
Al principio me sentía como en una entrevista de trabajo, con la diferencia de que en esas los vasos no suelen ser de birra ni tampoco hay roces de manos. Salimos. Me besaste. Sin un mínimo de pudor te invité a mi casa. Quería cerrar ese día perfecto.
Después vino lo clásico: un fade out casi calculado diría, tan de manual que me molestó mucho menos que cualquier otro. Solo tuve una decepción, y fue cuando no lograste entender que, si alguien te pregunta como estás, lo hace por genuino interés ¿quizás sea mi mente la que funcione distinto? Será otro misterio para la lista sin resolución.
Necesitaba escribir esto para que no me quedara rumiando en la cabeza. Y porque, según mi psicóloga, los buenos momentos hay que registrarlos. Sobre todo, si fue, quizás el jueves más perfecto de los últimos siete meses.
Diría que, como se que es extremadamente improbable que te vuelva a cruzar, puedo escribir esto sin el pudor de avergonzarme si vuelvo a verte en la vida real porque claramente nuestros círculos son totalmente distintos. Pero, como el triunfo es parte de mi, no estaría sorprendida si, tres segundos después de publicar esto, salga a la esquina y me choque con tu carita.
¿Que voy a hacer si sucede? Simplemente seré yo quien diga "hola" y siga caminando como si nada hubiera pasado.