La astrología es blablabla, decían en mi oficina, es todo una falacia.
- Aparecieron dos ex
- Se rompieron tres celulares
- Se desconfiguró la impresora
Todo dicho. Adiós.
La astrología es blablabla, decían en mi oficina, es todo una falacia.
Todo dicho. Adiós.
Hace cuatro días que no duermo. Otra vez. Estoy tan torpe que se me resbala todo de las manos, olvido cosas, me cuesta hablar, moverme, modular, absolutamente todo.
Parece lejana la persona de la foto. Feliz, sonriente, capturada espontáneamente hará diez u once días, cuando de forma increíble coincidieron mi visita al médico y la visita guiada del Molino, que hacía mucho tiempo quería hacer pero el horario me lo impedía y hoy, buscando entre decenas de mails sin abrir catalogados como correo no deseado, apareció un mensaje que invitaba a buscarse entre las fotos de la visita y ahí, en primer plano, aparecía yo, sonriente y feliz, aún sin insomnio y conversando trivialidades con la mujercita que había pedido permiso para compartir mesa.
Leyendo esto último, se preguntarán ¿que tiene que ver eso con el insomnio? Tiene mucho que ver, porque es un reflejo de la felicidad que, siento, perdí y que anhelo recuperar.
Volver a la oficina implica un montón de cosas, pero puede resumirse en cinco:
Por suerte existen pavadas como esta, que me impulsan a seguir yendo todos los días:
(LOTE, algún momento del 2002)
Muy pocas personas conocen lo emocionalmente ligada que estuve, que estoy a Estelares, y como, aún hoy, determinadas canciones me provocan muchísimas cosas al escucharlas. Vos no.
Por eso ayer, cuando te pusiste a tararear, de tantas que existen, esa letra que tanto me gusta, lo único que quería era dejar de caminar, besarte y paralizar el momento.
Solo yo se cuánto tuve que contenerme porque ¿como explicar ese tsunami de emociones que durante diez segundos, involuntariamente, provocaste?
Preferí, una vez más, alegar demencia y seguir hasta que llegue el momento. Porque, cada día estoy más segura, sucederá, me convertiré en tu souvenir.
Ayer una amiga me preguntó por vos, no suele suceder, no es alguien que te aprecie especialmente, pero esta vez tenía razón. Cuando puso cara de horror al ver con la naturalidad que le decía, seguro conoció a alguien, porque si estuviera aburrido, aparecería con mayor frecuencia.
La parte buena de la situación es que logró que la Maru del futuro tome nota para cuando el aburrimiento se apodere nuevamente de vos y vuelvas a aparecer como si nada, y no te reciba tan amablemente.
Hace unas semanas, siguiendo estrictamente órdenes de mi traumatólogo, volví a caminar.
Lento, pausado, escuchando a mi cuerpo, justo a tiempo para ver los últimos árboles despojarse de sus hojas y aprovechar el escaso sol de estos días, usando esas caminatas obligadas para redescubrir el barrio que hace un año habito, pero aún no siento mío, porque, durante todo este tiempo, solo fui una autómata que simplemente se movía de un lugar a otro sin observar el camino que recorría siempre apurada o pensando en otra cosa.Ahora, en cambio, la visión es otra. Camino rodeando el parque o simplemente sin rumbo fijo, con la música como única compañía, encontrando detalles que antes no había notado, como un mural, un bar, o una cafetería antes ignorados, porque simplemente, estaba demasiado automatizada.

Ayer, mientras me preguntaba que sentido tenía pedir un turno si igualmente iba a tener que esperar tres horas para ser atendida, me surgió una duda ¿cuánto tiempo de nuestra vida lo pasamos en salas de espera? Minutos, horas, días, semanas, meses, quizás incluso años enteros para el final. Y me preguntaba cuánto, de ese tiempo, había sido en vano o no había sido confortable.
Recordé, por ejemplo, un comentario que hizo, meses atrás, una persona con quién hablo diariamente, donde mencionaba que, durante esa semana, en cada ocasión que habíamos hablado yo estaba en alguna de esas insoportables salas de espera donde, por suerte, hay pantallas que avisan cuando es tu turno así que, en lugar de escuchar los comentarios aburridos de la señora de la izquierda o los TikTok del señor de la derecha, pude matar el tiempo escuchando Velocidad 22 y tomando fotos de mi cara de hartazgo absoluto, como la que acompaña este texto.
No hacía falta que me bajes tanto la autoestima, no hacía falta que me empujaras aún más hacia el borde del abismo, lo único que quería era hacer un comentario estúpido acerca una coincidencia en nuestros gustos, nada más, pero, como siempre, tu ego lo arruinó todo.
En definitiva, la conclusión es que el oftalmólogo tenía razón, mi vista un poco mejoró, ahora veo lo que antes no.
Anoche tuve dos sueños muy similares al de marzo, ese del camino al subte infinito. Aunque eran distintos a la vez anterior, ambos compartían la misma sensación de frustración y ansiedad.
En el primer sueño, estaba sola y había comprado un pasaje de micro por teléfono. Al llegar a la ventanilla de la terminal, que no era Retiro ni un lugar que conociera, la señora empezaba a hablar de cualquier cosa y, cuando al fin llegaba a la dársena, era tarde y el micro no estaba. Nunca supe si se había ido o aún no había llegado porque, inesperadamente, desperté.
En el segundo sueño, estaba con mi sobrina, mi madre y una de mis hermanas. Esperábamos el 15 en el metrobús de Juan B. Justo, pero no era una calle, era un muelle. Estábamos discutiendo porque una de ellas había embarrado mi campera para sentarse en el piso.
De repente, apareció el 15, que era una lancha colectiva ploteada como un bondi, y la escalera se multiplicó, pasando de ser una a un montón. Sin embargo, no podía correr porque me dolía la pierna. Cuando al fin estaba por llegar mi turno de subir, arrancó porque estaba completa y me quedé sola ahí, esperando que apareciera algo que me llevara, porque el resto había podido irse.
Hace tres años, a esta hora, brindábamos por haber sobrevivido al primer semestre de un año que venía siendo difícil y nuevo en muchos sentidos, pero sobre todo caótico.
Ese año, sin embargo, por primera vez, todo se acomodó en el segundo semestre del año y no se si tomarlo como una señal de esperanza para este año o como una anécdota de algo bueno que una vez pasó.
Veremos, veremos, con el tiempo lo sabremos.