Anoche tuve dos sueños muy similares al de marzo, ese del camino al subte infinito. Aunque eran distintos a la vez anterior, ambos compartían la misma sensación de frustración y ansiedad.
En el primer sueño, estaba sola y había comprado un pasaje de micro por teléfono. Al llegar a la ventanilla de la terminal, que no era Retiro ni un lugar que conociera, la señora empezaba a hablar de cualquier cosa y, cuando al fin llegaba a la dársena, era tarde y el micro no estaba. Nunca supe si se había ido o aún no había llegado porque, inesperadamente, desperté.
En el segundo sueño, estaba con mi sobrina, mi madre y una de mis hermanas. Esperábamos el 15 en el metrobús de Juan B. Justo, pero no era una calle, era un muelle. Estábamos discutiendo porque una de ellas había embarrado mi campera para sentarse en el piso.
De repente, apareció el 15, que era una lancha colectiva ploteada como un bondi, y la escalera se multiplicó, pasando de ser una a un montón. Sin embargo, no podía correr porque me dolía la pierna. Cuando al fin estaba por llegar mi turno de subir, arrancó porque estaba completa y me quedé sola ahí, esperando que apareciera algo que me llevara, porque el resto había podido irse.
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