
Ayer, mientras me preguntaba que sentido tenía pedir un turno si igualmente iba a tener que esperar tres horas para ser atendida, me surgió una duda ¿cuánto tiempo de nuestra vida lo pasamos en salas de espera? Minutos, horas, días, semanas, meses, quizás incluso años enteros para el final. Y me preguntaba cuánto, de ese tiempo, había sido en vano o no había sido confortable.
Recordé, por ejemplo, un comentario que hizo, meses atrás, una persona con quién hablo diariamente, donde mencionaba que, durante esa semana, en cada ocasión que habíamos hablado yo estaba en alguna de esas insoportables salas de espera donde, por suerte, hay pantallas que avisan cuando es tu turno así que, en lugar de escuchar los comentarios aburridos de la señora de la izquierda o los TikTok del señor de la derecha, pude matar el tiempo escuchando Velocidad 22 y tomando fotos de mi cara de hartazgo absoluto, como la que acompaña este texto.
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