Cuando era chiquita, había una higuera en el fondo de mi casa. Duró poco pues, como casi todo en ese jardín, fue víctima de alguna inundación.
No recuerdo la forma ni el tamaño, solo tengo grabado su existencia y una orden mil veces repetida por mi padre: andá a llorar a la higuera.
Yo creo que por eso muchas veces el llanto me sale en momentos o lugares determinados. Como si, inconscientemente, estuviera escuchando la voz de mi papá y buscara el equivalente a una higuera para ir a llorar.
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